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Ya he escrito alguna vez sobre mi fascinación por África. No sé muy bien cuándo empezó pero aun sin haber puesto un pie en ella, soñaba con sus gentes y sus paisajes. Y mi sueño se cumplió. Tras varias idas al viejo continente, Etiopía se cruzó en mi camino. Nunca hubiera imaginado que me pudiera atrapar de la forma que lo ha hecho. Aunque en realidad, quienes me tienen en sus redes son los 35 niños de Meki. Abandonados la mayor parte de ellos, el hogar de Meki les da la oportunidad de tener comida, abrigo, educación y conformar entre todos una familia. Un modesto proyecto que ayuda a esos pequeños y a la comunidad en la que se encuentra ubicado.

Conocerlos fue una suerte; compartir mis horas con ellos, un lujo y aportar mi granito de arena desde la distancia, una satisfacción. Siempre he creído en los pequeños proyectos, los que nacen de una idea simple y van creciendo; los que son realistas, se dirigen con la cabeza y con el corazón, sin grandes pretensiones pero con pulso firme y mirando hacia adelante. Eso encontré en Meki.

A algunos cientos de kilómetros de allí, otros no corren su misma suerte. El cuerno de África vuelve a estar azotado por una hambruna (¿es posible en 2011?), ante la que poco o nada se hace (y al tiempo que escribo esto, me parece injusto decirlo porque sé que hay organizaciones y personas que in situ luchan desesperadamente por frenarla, por ayudar, por echar una mano, pero quizá no baste). ¿Hay solución? A mí me gustaría que cada uno tuviera su Meki particular; da lo mismo Etiopía, Tanzania, Somalia o Sudán… Me gustaría que todos tuviéramos la oportunidad de estar allí para reconocer, de una vez por todas, lo que tenemos aquí. Me gustaría que todos viéramos lo de allí para cambiar nuestra actitud aquí. Me gustaría que cada cual, cuando lo de aquí nos oprime, miráramos a nuestro Meki para, acto seguido, devolver una mirada distinta. Y así, con pequeños gestos, distintas actitudes y cada uno con nuestro granito de arena, podríamos cambiar algo. Difícil pero no imposible.