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Los domingos parecen iguales en todos los sitios. Son la antesala que pospone cualquier actividad hasta las horas siguientes, donde nos aguarda la nueva semana.

Son lentos, parecen detenerse para que podamos saborearlos sin prisa. Más activos y bulliciosos por la mañana, se repliegan en las primeras horas de la tarde para alargarse de forma silenciosa hasta los últimos rayos de sol. Hoy apenas lo hemos visto aquí y, a estas horas, la tarde es plomiza y con nuevas amenazas de lluvia.

Solo el griterío de los niños rompe un delicioso silencio envuelto a ratos por el canto de algún pájaro. Los oigo mientras escribo y pienso en la felicidad de la mitad de ellos, los más pequeños, para quienes todos los días deben ser iguales; los más mayores, que mañana tienen “summer school”, empiezan a ver el séptimo día de la semana como los adultos. Ese día que no queremos que acabe por lo que viene después. Aunque algo es distinto aquí. Han pedido empezar las clases hoy mismo, ¡domingo!. Con esa alegría y disposición, ¿quién no quiere que acabe ya el domingo y llegue el lunes?.

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