Un parque triangular

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Envió la dirección por correo electrónico junto con indicaciones precisas y recomendaciones adicionales para llegar a un parque triangular. Uno de esos que salpican Lima y la ayudan a respirar, a ser más humana, más asequible. En el lado peatonal del parque, unos escalones conducían a la amplia puerta de madera, de doble hoja. Detrás de ella se intuía un amplio y confortable salón, con gruesas alfombras y mullidos sofás para ocuparlos durante horas con un libro.

La puerta se abrió, el salón estaba ahí y también las escaleras que daban acceso al piso tercero, donde habíamos acordado el encuentro. Allí una cristalera de suelo a techo se asomaba al parque, al triangular. Empezaba a oscurecer  y su verdes se empezaban a fundir con la anaranjada de luz de las contadas farolas. La estancia, no muy grande, era tan acogedora como había pensado que sería el salón dos pisos más abajo.

Hubo poco preámbulo y en pocos minutos su vibración me contagió. El tiempo empezó a evaporarse y solo quedaron flotando sus palabras, sus gestos, sus movimientos, su pasión… Esa intensidad me arrastró de nuevo a estas líneas, a las que numerosas ocasiones había intentado volver sin éxito. Algo se conectó, encendió el sentido que se había apagado ya ni recuerdo cuándo. Después de tantos meses me cuesta reunir las palabras, que brotan descontroladas, para reconocer con dolor que esta Lima ya no es la que era. Ni yo tampoco.